jueves, 17 de junio de 2010

Semáforo en rojo

Y ahí estaba yo, detenido; así lo dictaba la norma. Por un segundo pasa como un haz de luz por mi cabeza adolorida un pensamiento bastante insulso. Había mejores cosas en que pensar, pero daba lo mismo porque en ese minuto yo me hallaba detenido, adoctrinado frente a esa luz roja no uniforme, pensando, analizando el semáforo como si fuera un tema filosófico existencial, pero nada más lejos de la realidad: era sólo eso, ni más ni menos que un semáforo. Yo y los demás ante ese poste con pintura negra un tanto descascarada, con un botón que nunca sirvió, y con círculos de los cuales salían las luces que indicaban la que sería nuestra movilidad o no movilidad, y que en definitiva evitaba que nosotros, los normales o mejor dicho, los comunes-y-corrientes, fuéramos a morir crudamente en el caos de la calle, arrollados tristemente por un Fiat 600, o en el mejor de los casos, por un Lamborghini deportivo. Igualmente, hay que establecer que los borrachos y los suicidas y los borrachos suicidas a veces rompían anárquicamente esta norma semaforística y se lanzaban a la nada, o mejor dicho, a esa guillotina de autos, así que en cierto modo el semáforo tenía también la contrariedad de determinar, de acorbatar las muertes autoinflingidas por estos personajes a veces caricaturescos, a veces deprimentes. También los semáforos permitían, por extensión, darle puntos de rating al noticiero de turno que habría de cubrir la noticia de que en la esquina de General Bustamante con Matta un borracho, un suicida, un joven, un anciano, un payaso, una monja, un presidente o un vendedor de sopaipillas incauto fue atropellado por una micro.
Qué tonto soy: estoy mirando el semáforo de autos. Y yo no soy un auto, por tanto debo mirar el semáforo que me corresponde, el mismo que rige para todos los peatones, independientemente del contexto en el que se encuentren sus respectivas mentes, porque a los constructores y configuradores de semáforos no les interesa si usted quiere suicidarse o si su amor por la vida se encuentra en auge. No importa. En mi caso estoy en frente del semáforo, mirándolo sin verlo pero sabiendo perfectamente que éste ya no tiene círculos sino un par de figuras humanoides que indican detención (en rojo) o avance (en verde). Y ahí estoy yo: en rojo. Acariciando una idea estúpida.
Ahora que todo esta en su respectivo orden y que yo ya no estoy irrumpiendo con este orden (¿) natural (?) de las cosas al ver el semáforo que no me corresponde, puedo proseguir cualquier otro tipo de actividad analítica de poco interés.
El semáforo no tiene arte. No es interesante mirarlo. No es interesante detenerse ante él. Pero igual lo hago.
¡Pero qué estoy viendo!¿Me atreveré a hacer lo que los demás hacen?¿Quebrantaré la norma?
Sí. Evidentemente. Es una norma insuficientemente importante como para seguirla a cabalidad. Lo sé, no tengo interés en agendar ningún tipo de suicidio, pero dadas las circunstancias, el semáforo sigue en rojo pero ya no vienen autos. Paso. Pero en realidad sí viene un auto. Es un viejo que maneja un auto gris y por un segundo, a metros de distancia nos encontramos él y yo y él me mira con cara de molestia y yo lo miro y le digo con los ojos, me detengo nada más que para decirle con los ojos "no huevee, viejo conche-su-madre". Fue una disputa ocurrida en cuestión de milisegundos, pero fue disputa al fin y al cabo. Y el auto pasa cerca mío pero no me atropella ni nada y llego a la mitad de la calle y nuevamente me encuentro con un semáforo. Ahora bien, el semáforo hace el cambio que todos esperamos con ansiedad: verde.
Ahora mi camino sigue, pero ya no es cosa mía, sino del micrero preocuparse por los semáforos, y los suicidas y los viejos que manejan y por los peatones que cruzan con luz roja.
Qué aburrida es la rutina. Qué aburridos los semáforos. Aburrido estoy... De todo(s).

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