Si tuviera que escribir algún tipo de rutina, diría lo siguiente. Primeramente, me desperté alrededor de las 10:23 de la mañana, horario en que mucha gente está ya despierta y los matinales están en su apogeo de noticias ociosas e innecesarias. Diría después que, con gran modorra, le pedí a mi hermana que pusiera el hervidor mientras ella se preparaba desayuno con una rapidez considerablemente mayor que la mía. Soy hombre. Luego, viene ella con su desayuno y me dice que vaya a preparar el mío más o menos a las 10:46. Diría asimismo, que luego fui a la cocina a preparar el desayuno. Agua hervida. Pan listo para ser cortado y enmargarinado pero el problema es que el ánimo era el mismo que a las 10:23. Saqué la cosa esa con que se tuesta el pan eléctricamente. Eso que tienen los gringos en las películas y en que ponen el pan de molde (al cual detesto) a dorarse. Ya, bueno. La cosa es que no soy gringo y puse un pan cualquiera, ya con margarina, y esperé que se dorara, mientras mezclaba el té con azúcar y prendía el computador y luego me disponía a reorganizar mi MP4 en una especie de odisea que me tomó un rato más largo del que creía que tendría que utilizar. Pan ya dorado. Té ya hecho. Computador prendido. Qué mañana más eficiente. 10:57. El MP4 pone trabas para cualquier intento de reorganización, producto de lo cual termino esta misión como a las 11:36, no sin antes ver mi página de red social que está bastante aburrida porque, oh, este coronel no tiene quien le escriba. Pero bueno, aún estoy a tiempo de ver un rato los matinales que a esa hora ya están en su fading y están comenzando los tan idiotas programas de farándula. Veo tele un rato y no hay nada bueno. Así que sólo miro la tele. Luego, hago el intento de una especie de autosatisfacción, pero la verdad es que la autosatisfacción sólo es auto, porque de satisfacción ya no tiene nada, mucho menos con un programa de farándula de fondo que no me erotiza ni en lo más mínimo. Sí, soy hombre, lo admito, soy culpable, etcétera. Ya es tarde, y no he visto el reloj con exactitud pero la verdad es que deben ser cerca de las 12:30. Entonces comienzo un día que evidentemente no sería ajetreado en lo absoluto. Me ducho y dejo caer el agua mientras adquiero una posición pensativa y un tanto mustia por lo demás. Champú. Jabón. Qué mala ducha. Podría haber estado horas pero hay gas por cuidar y agua y todas esas cosas. Salgo de la ducha y restriego el espejo en busca de mi cara. Sí, igual que siempre. Jugueteo un rato con mi pelo y me peino con cuidado como si de verdad me fuera a quedar bien. Sé perfectamente que el pelo mío se ve bien sólo cuando está mojado. Seco es un asco. No sé por qué pero es genial verme mojado. Sí, soy un hombre narcisista. Como sea, luego de mirarme en el espejo, salgo del humeante baño, para ir a vestirme a mi pieza en la cual sigue el televisor prendido dando quién sabe qué cosa. Ropa interior. Jeans. Calcetines. Polera (en esto me demoro más que en lo demás). Todo este proceso de vestirme lo hago mientras canto alguna canción de los Modern Talking, porque he estado pegado con sus canciones durante estos días. En poco rato más estaré almorzando. Me pongo feliz porque ya habían comprado pan y no tuve que ir yo. Ahora queda poner la mesa. Lo hago. Calentar lo comida. Lo hago. Ya caliente la comida y la mesa puesta, me siento con mi padre (sólo con él porque mi hermana se estaba cocinando sus comidas acorde con su dieta). El plato de hoy: arroz a la valenciana. Rico. Luego vienen las ensaladas y mi hermana ya viene con su plato y converso un rato con ella de temas de lo humano y lo divino. Luego mi padre se come dos peras y se va. Luego yo me levanto. Hago la cama. Me lavo los dientes. Tomo el MP4, celular y pase. Todas esas cosas sin las cuales usted no puede salir de casa por ningún motivo o puede atenerse a las viles consecuencias de un día vacío. Me voy con mi padre, sin muchas ganas la verdad, porque mi papá no habla mucho en la micro y eso. Hablamos de puros temas de poco interés en la micro y luego en el Metro. Esta etapa es muy resumible dado que es siempre igual, más igual que todo lo que he mencionado antes, salvo por el hecho de que iba con mi papá y por lo general voy latosamente solo. Ahora bien, prefiero irme con mi padre, porque viajar solo es deprimente y uno tiende a volverse uno más en la masa triste y grisácea. La cosa es que ahora entablamos temas latosos, pero cualquier cosa es mejor que estar solo en el Metro a esa hora. Calor y hostigamiento, mala combinación. Soy un hombre y a veces demasiado común para mi propio gusto, o más bien disgusto. La cosa es que mi padre sigue derecho, y yo me bajo en una estación del Metro antes que él. Ahora sí, me incorporo a la masa. Y qué entretención queda aparte del MP4. Bueno, ver a la gente. Esa entretención me queda. Observar a la tropa gris. Qué hace la tropa. Usa uniforme. Tiene cara triste en general. Algunos que van acompañados hablan de temas que rara vez me sorprenden o interesan. Y bueno, algunos se besan o van de la mano y eso me molesta porque me recuerda que estoy solo y que no le parezco interesante a la gente en general. Tic tac: son las 13:44 y sigo solo y pasan las estaciones de Metro, coordinadas con el reloj. Y la música de Travis pasa por mi MP4. Canto mentalmente (you can tell anybody, anybody who comes), aunque quisiera cantar con fuerza y voz alta, pero quizás me meterían preso o me mandarían a un psicólogo o me echarían del Metro o me raptarían los aliens, quién sabe. La cosa es que me bajo del tren y salgo de la estación. Aún Travis. Voy a tomar otra micro. Mi recorrido parece extenso pero no lo es tanto. Siempre el maldito semáforo para cruzar está en rojo. No sé por qué. Y me acuerdo del perro que estaba allí ayer y que se arriesgó a pasar con luz roja y yo casi transpiro gracias a su estupidez perruna casi suicida. Volviendo a este día, cruzo la calle y voy al paradero y no recuerdo qué micro tomo. ¡Oh no! Quizás tomé la equivocada y me lleve a la otra punta de la ciudad donde unos narcotraficantes me enseñarán el arte delictual del tráfico de drogas y no, no, no. Muy ridículo para tratarse de Juan Carlos Valladares Cabrera. Tomo la micro correcta, dirección correcta y todo está tan correcto que parece un sueño. Correcto, correcto, correcto. Qué palabra más hija de perra. Porque es tan incompleta. Está correcta la micro, pero la mente no está correcta ni las personas ni el maldito clima inestable. Sigue la música de Travis acompañando este viaje tan desgraciadamente común (but this life is so confusing). Pero bueno, me gusta la banda al menos. ¡Y voilá! Llego sofocado al estúpido paradero. Y me bajo y esto es increíblemente igual que siempre. Dios, si me estás mirando, te debes estar riendo maldito hijo de puta. Llego a la universidad. Están mis compañeros (los saludo) y eso me alegra medianamente. Y digo medianamente porque este sol estúpido que me molesta no me deja prestarle total atención a lo que están hablando. Miento. Si los escucho bien, pero no indica eso que el sol no me hierva el cráneo. Molestan a un compañero, y me río porque todo es cierto y gracioso. Luego, ya pasados unos veinte minutos y cuando ya son como las dos y tanto (pienso: las dos y pico dirían en otros lados en que pico puede no tener un significado adicional tan obsceno y luego de pensar esta estupidez me río) decido llamar a mi amiga Catalina, que es pecosa y siempre usa pantalones y me cae bien porque se ríe de mis chistes idiotas y me dice “cariño”. La cosa es que le mando un mensaje desde otro celular porque el mío no tiene saldo lo que lo transforma en un artefacto de poca utilidad. No bien terminé de enviar el mensaje, llegó la muchacha esta, junto con otras compañeras a las que ya había saludado y comenzamos a hablar entre otras cosas de lo lento que me atendieron (en realidad eso fue sólo un comentario al aire) y sobre mis inseguridades en el gimnasio y sobre mi físico que no considero tan bueno como quisiera. La cosa es que nos aprontamos para la estúpida asamblea que habría de tener lugar un rato después. Asamblea que empezó pasadas las 15:30, una hora más tarde de lo que debería haber empezado en cuestión. Dejé mis cosas y acompañé a la Cata a la fotocopiadora, no sin antes pasar al baño. Luego no la encontré por unos minutos y después la vi conversando dentro del auditorio con otras muchachas de la carrera que me caen bien también. La cosa es que, cuento corto (es gracioso decirlo porque este cuento que se ha alargado bastante se pudo resumir en un par de sentencias), entré a la asamblea. La Cata esta ida y yo luchaba por no llegar a ese punto. Muy tarde: ya estoy perdido en mi mundo de fantasías en el cual me recluyo en diversas instancias que me parecen latosas. Las conversaciones de política barata y de protestas suelen no cautivarme con facilidad y gracias, mente mía, que me das este mundo tan singular para refugiarme en contra de las conversaciones que no entiendo. Vuelvo en mí, sólo para comentar cosas tontas con la Cata, que sigue haciendo como que está interesada pero es imposible interesarse en esa porquería de asamblea. La cosa es que la convenzo de que nos vayamos. Y nos fuimos como a las 16:10. Muertos de risa, salimos del auditorio. La cosa es que también salió una tipa de mi curso con la que nunca he hablado. Y tenía auto. Esto me hizo envidiarla jocosamente. Quiero mi licencia de conducir, pienso. Sólo pienso eso. Pero le digo a la Cata que la odio por tener auto. Cosas raras en mí. Quizás decir sólo lo anterior no es tan entretenido. Y ahora comenzamos el proceso, el trayecto en reversa. Pero ahora estoy acompañado en otro tramo. Estoy con la pecosa, y de pronto la miro y me doy cuenta de que tiene una especie de pequeña hendidura en su mejilla derecha para mí, izquierda para ella, encima de ese campo de pecas. Hablamos de varias cosas. Semáforo en frente del Estadio Nacional: en rojo, y mis ideas igualmente en rojo. O sea, detenidas. Y no hago nada más inteligente que mirar el estadio. Y luego volvimos a hablar de varios temas y yo le comento de mi rutina, porque siempre le hablo de mí porque soy autorreferente a ratos. Y le digo lo que pasó ayer. Y la cerveza y la memoria y la soledad y las micros y bla bla bla. La cosa es que llegamos al Metro y no recuerdo qué hablamos ahí pero era más interesante que las demás cosas. ¡Ah, sí! Me dijo que creía que pololearía con una mujer menor que yo y rubia, pero no me gustan mucho las rubias. Y luego ella se baja y yo sigo solo. Y saco mi MP4 nuevamente, pero no lo suficientemente rápido como para no escuchar el estúpido comercial de una farmacia que me tiene hasta la coronilla. La cosa es que prendo el MP4 y comienzo el especial de la música dance (algunos dirían música “gay” quizás). La cosa es que llego a la estación donde debo bajarme y ya habiendo hecho todos los análisis y observaciones que ya expliqué antes. La cosa es que la micro se demora siglos en pasar y no alcanzo a llegar a encontrarme con mi madre. Esto me frustró bastante y pensé en tomar una micro a mi casa pero vi justamente que una micro pasó y no quería esperar más rato así que me fui caminando a mi casa, pensando en mi frustrado corte de pelo y en todas mis malditas frustraciones vitales. Y bueno, camino y camino y me preguntan donde está una calle y yo le señaló a la mujer que está en la misma calle por la cual me pregunta. Y sigo caminando. Y un niño casi me pega con una rama y mentalmente le digo muchas obscenidades innecesarias para tal caso. Luego llego al pasaje. Mi casa está en la esquina contraria a la esquina en la que estoy. Camino un poco más, y es una bella postal, porque el pasaje está vacío y estoy en el centro de la calle, y es veo el punto de fuga y los árboles podados en hilera y las casas, pero la perspectiva es tan geométricamente perfecta que la imagen me encanta. Llego a mi casa. Mi madre estaba hablando por teléfono y le digo que no me llamó y hablamos del malentendido y ella está molesta en un principio y no tiene reparo en dejar de lado su llamada para el debate y bueno, igual llegamos a la conclusión de que era un malentendido todo el asunto y una descoordinación. Y luego me meto en el computador y mi página social sigue igual de estéril que siempre. Voy a mi pieza con mi netbook, aún frustrado y la Cata está conectada y le lloriqueo mi pseudo-drama. Y ella me habla, y se compadece de mí y no quiero eso, pero bueno, no es su culpa, ni mía, ni de Los Simpsons que están dando en la tele. Y mi madre de repente llega y mientras yo hago nada, me dice que vayamos al supermercado, y le digo que sí y me despido de la pecosa y cierro el netbook y vamos al supermercado hablando de muchos temas. Y de pronto, pasada la mitad del camino, aparece un amigo mío, un amigo no muy bueno por lo demás porque vive a unas cuantas casas pero nunca pregunta por mí. Bueno, está muy ocupado, es cierto, pero me hace sentir relegado a un no segundo plano, sino más bien a una especie de tercer plano. Como sea, habla más con mi madre que conmigo y bueno, hablamos de la vida y todo eso. Y luego él toma su rumbo, y me alivia, porque no estoy tan cómodo. Y volvemos a conversar con mi madre. Y luego llegamos a la farmacia. Y, y, y, y. Estoy usando muchos "y". Pero bueno, la cosa es que estaban atendiendo al 38 y mi mamá tenía el 45, y no había muchos asientos y ella se sentó pero yo no podía y quería sentarme. Salí de la farmacia que colinda con el supermercado y me senté en una banca metálica donde estaba una señora vieja bebiéndose una lata de cerveza. Luego salió su marido y se fueron y me di cuenta que habían comprado en el supermercado unas cervezas en lata y una bebida de naranja de marca barata. Y bueno, quedé solo afuera de la farmacia. Y de repente llegó un tipo con un bebé simpático. El tipo esperaba a su hija y su pareja. Gente bien humilde por lo demás. Pero bueno, se sentaron y yo me levanté porque vi que llegó el número 45 y atendieron a mi madre. Fuimos al supermercado después y compramos pan, bebida y un postre de chocolate. Y luego pagamos y me recargó mi celular. Y de vuelta a casa, hablando de lo humano y lo divino. Y llego a casa y al computador de nuevo, y al hastío computacional de nuevo. Le había comentado a mi madre que me molestaba el pelo atrás y que no me resultaba hacerme una cola decente así que por eso quería cortármelo. Me dijo que fuera por ahí cerca donde una de sus amigas de hace años y que era peluquera. Y le dije que sí. Bueno, en ese intertanto llegaron mi hermana y mi cuñado, y vieron tele un rato y luego me fui con mi madre a la peluquería. Había una tipa bien quisquillosa cortándose el pelo. Odiaba tener el pelo ondeado así que pidió que se lo alisaran. Luego vine yo. Mi madre habló con su amiga y todo eso. Tema tras tema. Luego silencio. Y yo sólo veía como caía mi pelo y como se me veía horrible la cabeza al principio. Le fui pidiendo que me cortara el pelo más y empezó a quedar bien. Y bueno, quedé con el pelo bien corto. Hacía frío. Y eran ya como las 21:30 (me había olvidado de prestarle atención a las horas). Y volví y de nuevo, casi magnéticamente al computador y a escuchar Modern Talking una y otra vez. La cosa es que ya había comido y no tenía mucho que hacer. En realidad sí, pero no quería hacer nada. Así que bueno. Seguí en lo mío, y volvió la Cata a internet y me habló. Hablamos. Y luego llegó mi padre con una presa de pavo ahumado. Y me comí la mitad, porque la otra le correspondía a él. Y luego volví a hablar y a escribir esto. Y bueno, llevo casi 3000 palabras acerca de mi día jueves 20 de mayo del año 2010. Y eso. Gracias, muchas gracias. Hasta mañana, o algún otro día que no sea interesante y en el cual quiera escribir tonteras.
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