Cuando apesadumbradamente me di cuenta de que los años habían pasado sin haberlo yo notado de la manera vivaz en que me hubiera gustado que pasaran, no me quedó nada más que un profundo sentimiento que me dio ganas de tragar. ¿Tragar qué? Ni idea. Pero de cuando en cuando, tenía que tragar. Porque el sentimiento volvía, tal cual como cuando hay ataques de risa y te vuelves a acordar segundos después de lo que lo provocó y sientes que la risa exenta de autocontrol vuelve como el recuerdo mismo. Eso me pasa. Veo fotos y me pasa. Me entero de viejas historias, y me pasa.
Cuando te enteras de que la muerte y el nacimiento han pasado y no lo has visto, el sentimiento es desolador. No sólo porque nada en tí nace o muere, y peor, que nada perdura, sino que también porque de pronto has pasado mucho tiempo jugando, masturbándote, pensando en tí mismo y salvándote el pellejo de peligros lejanos de concretarse, mientras allá afuera, nacen, se mueren, perduran, se cuentan secretos, se miran con complicidad. ¿Y qué tienes tú? Si no mueres, no naces, no perduras... ¿Vives acaso? Barely.
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