Entre todas las ciudades del mundo, estaba la ciudad insignificante aquella. Ahí habían muchos edificios. Eran tantos edificios, que todos, uno contra otro, competían por hacerse ver más insignificantes. Lo conseguían, pero uno en especial se imponía. El edificio más insignificante estaba lleno de ventanas que reflejaban luz y otras cosas, y que se hallaban una tras otra, y que a su vez competían -también- en su condición de insignificancia. Y dentro de todas las ventanas, una sobresalía por lo míseramente insignificante que era. Desde la ventana más insignificante, se ven dos hombres parados. No compiten. Uno se siente grandilocuente, buen padre, buen hijo y espera ser un buen espíritu -tiene la esperanza de santo- algún día. Es buen esposo y buen trabajador. Y al lado me paro yo, y hago juego con el edificio y la ventana. Miro afuera y pienso: "No somos nada". Y recuerdo el funeral de mi tío que fue hace dos días atrás. La frase que pensé, entonces, no tenía tanto sentido.
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