Las calles estaban vacías y no había nada que hacer. Hacía frío, o más bien, corría viento y el fin de semana largo tenía el centro vacío: todos en sus casas, en los centros comerciales y en muchos casos, en ese éxodo playero que siempre ocurre y que luego da pie para que en la tele den notas sobre la gente que se muere por conducir borracha desde la playa. Todos los años sale un paco de nombre X que dicta las cifras y dice el mensajito ese de que las cifras bajaron en un tanto por ciento y que eso es bueno pero que todavía siguen y bla, bla, bla y adelante estudio y luego más noticias sobre el fin de semana largo y los sociólogos hablan sobre esta y esta tendencia insulsa de la gente y sale una señora que la pasó súper bien haciendo algo medianamente exótico o peculiar en el fin de semana largo. "Nosotros lo celebramos haciendo esto y esto". Y la gente en sus casas debe comentarlo poco. "Qué curioso" diría mi padre si viera esa noticia. Luego no le prestaría más atención, así el noticiero se dedicara la hora y media completa a hablar de las pavadas "findesemanescas".
Como sea. Me aburrí en la casa y ahora estoy en el centro, solo. El Daniel se fue a Algarrobo y la Tania está ocupada, pero seguramente dijo eso para no acompañarme en mi aburrimiento. Posiblemente esté en el gimnasio. Pero sí estoy muy seguro de que no está haciendo nada productivo o en su defecto, está haciendo algo menos productivo que yo, que ando vagando por la capital, haciendo nada.
Lo peor es que pocas cosas están abiertas en este fin de semana. Y la cagué porque tendría que haber ido a alguna fonda o algo así. Allí por último venden pipeño o cosas por el estilo. La cosa es que voy caminando, por las calles y bulevares (que no son de sueños rotos en lo absoluto, sólo son... De tiendas cerradas. Punto.) y no hay nada. Pocas personas andan. Nada que hacer. Cuando llego al bulevar Perico los Palotes (no sé cómo se llama), me doy cuenta de que hay un pasillo en el costado derecho entre dos tiendas de comida rápida. Un pasillo largo y oscuro, con tiendas feas y viejas. El pasillo está abierto y está alumbrado solamente por la luz de la puerta que da al otro bulevar paralelo al de Perico los Palotes. Entro por el pasillo y hay tiendas que no tienen injerencia en la vida de prácticamente nadie. Joyería barata. Pelucas. Una tienducha de artículos para fiestas. Una peluquería con letras de neón (dice PEL QU R A D MARI ). Si esfuerzo un poco la vista, veo que dice "peluquería Damaris". Más abajo salen los precios y dice "unisex". Más adelante puedo observar un par de tiendas que terminan en un pasillo perpendicular. Las tiendas son de videos de animé, la de mi izquierda, y de disfraces, la de mi derecha. Es curioso: entre las seis tiendas de la primera parte del pasillo que he recorrido me he encontrado con dos tiendas relacionadas con fiestas siendo que el pasillo en sí es terriblemente lúgubre y deprimente. No huele a nada, pero si uno lo mirara detenidamente desde afuera pensaría que sí. La cosa es que cuando termina el pasillo, veo a los lados. En ambos lados hay tiendas que deben tener el mismo tipo de productos banales que el pasillo que ya recorrí, pero está la diferencia de que casi nada está abierto, mientras que en el pasillito por el que pasé al principio sólo la tienda de pelucas estaba cerrada. Hay algo que me llama la atención. Recuerdo que siempre me llamó la atención. Cuando era chico, pasé por ahí. No sé si exactamente por ahí, pero al menos recuerdo haber recorrido más de alguna vez esos pasadizos con tiendas de productos raros de la mano de mi madre. Nunca nos deteníamos. Sólo pasábamos. Me gustaba leer. Leía todo. Y siempre quise saber (ahora ya lo sé) qué significaba ese lugar donde el pasillo daba pie a una escalera con letras de neón malo, parecidas en estilo a las de la peluquería. Decía XXX y una serie de cosas más que ya no recuerdo. Cuando tenía diez u once años, supe qué era eso. Y me llamó la atención. Esperé los dieciocho para poder ingresar. Pero luego de que los cumplí ya no me llamaba la atención y me había dado cuenta de que nadie entraba allí y que posiblemente el lugar debía ser asqueroso.
Como sea. Estaba aburrido y sin escrúpulos. A la derecha estaba una escalera similar a la de mis recuerdos. Fuí para allá dispuesto a entrar. No, no era similar. Era igual. Era esa. Me dí cuenta al ver una de las tiendas que vendía juguetes y que tenía en su eslogan la imagen de un mimo algo tétrico. Pude sentir lo que sentía cuando niño. Como sea, el cine Curaçao seguía igual. Las mismas letras de neón, las mismas escaleras cubiertas con goma negra ya desgastada por los años, los mismos muros laterales con la pintura blanca descascarada que dejaba ver una pared de baldosas de estilo antiguo. Todo igual. Bajé. Bajé y por un momento dudé en entrar. Entré finalmente.
Ya adentro, pude observar vagamente que el cine era tal como me lo imaginaba. Las butacas viejas eran de cuero y estaban tan raídas como la goma de las escaleras. Me senté y me dí cuenta de que había pisado un chicle verde. Menta. Como sea. Estaba viejo el chicle y por ende estaba muy duro y no se me pegó tanto a la zapatilla. Tomé un envoltorio de chocolate que tenía en el bolsillo del chaleco y me saqué el chicle. Habían pocas personas dentro. No las pude ver bien porque sólo distinguí cabezas entre la oscuridad. Luego comenzó la película y era bastante mala. Era incluso un tanto graciosa. Plata malgastada. La ví, me reí un rato y casi olvido el olor a humedad que tenía la sala.
Aunque luego de la película me reí un rato, al salir del cine me sentí terriblemente mal. Fui a un basurero y vomité. Fue una postal bastante mala. Pasaron unas monjas y me miraron con cara de sociedad: estos niños de hoy en día, se embriagan sin parar y son tan apáticos y bla, bla, bla.
Sinceramente no me considero apático. Y no sé si las monjas habrán dicho eso. Ni siquiera sé si saben lo que es apatía. Pero me miraron y me dijeron eso. Lo sentí. Pero no había tomado ni una gota de alcohol. Pero me sentía mal. No me dolía el estómago. Pero estaba mareado y con ganas de seguir vomitando. Cuando se me pasó el malestar, me pregunté qué pasaba. No supe qué era. Me senté en una banca a pensar. Por un segundo me acordé de la Tania. Me gustaba la Tania. Me gustaba mirarle las pestañas mientras hablaba y hablaba esto y aquello. Y creí que nunca habría de fijarse en mí, que me habría mirado salir del cine Curaçao y me hubiera visto igual que las monjas, igual que el mimo. Y me hubiera dicho algo como que era un imbécil y un patético. Después se hubiera ido. Y el Daniel no estaba. Y yo quería llorar. Y toda la situación es tan idiota porque no hice nada malo, sólo algo tonto. Pero pensé en que yo no estaba bien, que mi aburrimiento era culpa mía, que debía estar dando entrevistas diciendo lo bien que lo pasé comiendo empanadas, o celebrando con mis familiares.
Me dio pena el cuadro en sí. Me di cuenta de que no tenía cigarros, pero si tenía chicle. Qué bueno que no era de menta, porque quizás me hubiera puesto a vomitar de nuevo pensando en el olor y el contexto de mi persona adentro de ese cine de mierda y en el chicle duro que pisé.
Seguí caminando. Ya no tenía los ojos vidriosos ni ganas de vomitar. Me paré y me fui.
La Tania no me quiso acompañar. Ahora sé por qué. Pero no pensaré en eso y seguiré caminando por el bulevar que a estas alturas está lleno de sueños rotos y las tiendas siguen cerradas.
Me compré un néctar en el kiosko de un anciano de aspecto cansado y cascarrabias. Ya se acabó el sabor del chicle y lo boto en un canastito de basura al lado del kiosko del viejo.
Seguí caminando y cada vez más se me iban desdibujando las imágenes en la mente. Y de pronto ya no había Tania ni Daniel ni papá ni mamá ni peluquerías ni cines porno ni bulevares ni pasadizos ni accidentes de fin de semana largo. Sólo estaba yo, caminando solo por la calle, bebiendo néctar entre las calles vacías que ya también se empezaban a desdibujar.
No quiero volver a pasar por ahí de nuevo. No siento nada por haber ido al cine, pero no quiero volver a tener esa opresión en el pecho que me haga pensar en la Tania, cuya cara ya no recuerdo tampoco.
No más mimos. No más Curaçao.
Como sea. Me aburrí en la casa y ahora estoy en el centro, solo. El Daniel se fue a Algarrobo y la Tania está ocupada, pero seguramente dijo eso para no acompañarme en mi aburrimiento. Posiblemente esté en el gimnasio. Pero sí estoy muy seguro de que no está haciendo nada productivo o en su defecto, está haciendo algo menos productivo que yo, que ando vagando por la capital, haciendo nada.
Lo peor es que pocas cosas están abiertas en este fin de semana. Y la cagué porque tendría que haber ido a alguna fonda o algo así. Allí por último venden pipeño o cosas por el estilo. La cosa es que voy caminando, por las calles y bulevares (que no son de sueños rotos en lo absoluto, sólo son... De tiendas cerradas. Punto.) y no hay nada. Pocas personas andan. Nada que hacer. Cuando llego al bulevar Perico los Palotes (no sé cómo se llama), me doy cuenta de que hay un pasillo en el costado derecho entre dos tiendas de comida rápida. Un pasillo largo y oscuro, con tiendas feas y viejas. El pasillo está abierto y está alumbrado solamente por la luz de la puerta que da al otro bulevar paralelo al de Perico los Palotes. Entro por el pasillo y hay tiendas que no tienen injerencia en la vida de prácticamente nadie. Joyería barata. Pelucas. Una tienducha de artículos para fiestas. Una peluquería con letras de neón (dice PEL QU R A D MARI ). Si esfuerzo un poco la vista, veo que dice "peluquería Damaris". Más abajo salen los precios y dice "unisex". Más adelante puedo observar un par de tiendas que terminan en un pasillo perpendicular. Las tiendas son de videos de animé, la de mi izquierda, y de disfraces, la de mi derecha. Es curioso: entre las seis tiendas de la primera parte del pasillo que he recorrido me he encontrado con dos tiendas relacionadas con fiestas siendo que el pasillo en sí es terriblemente lúgubre y deprimente. No huele a nada, pero si uno lo mirara detenidamente desde afuera pensaría que sí. La cosa es que cuando termina el pasillo, veo a los lados. En ambos lados hay tiendas que deben tener el mismo tipo de productos banales que el pasillo que ya recorrí, pero está la diferencia de que casi nada está abierto, mientras que en el pasillito por el que pasé al principio sólo la tienda de pelucas estaba cerrada. Hay algo que me llama la atención. Recuerdo que siempre me llamó la atención. Cuando era chico, pasé por ahí. No sé si exactamente por ahí, pero al menos recuerdo haber recorrido más de alguna vez esos pasadizos con tiendas de productos raros de la mano de mi madre. Nunca nos deteníamos. Sólo pasábamos. Me gustaba leer. Leía todo. Y siempre quise saber (ahora ya lo sé) qué significaba ese lugar donde el pasillo daba pie a una escalera con letras de neón malo, parecidas en estilo a las de la peluquería. Decía XXX y una serie de cosas más que ya no recuerdo. Cuando tenía diez u once años, supe qué era eso. Y me llamó la atención. Esperé los dieciocho para poder ingresar. Pero luego de que los cumplí ya no me llamaba la atención y me había dado cuenta de que nadie entraba allí y que posiblemente el lugar debía ser asqueroso.
Como sea. Estaba aburrido y sin escrúpulos. A la derecha estaba una escalera similar a la de mis recuerdos. Fuí para allá dispuesto a entrar. No, no era similar. Era igual. Era esa. Me dí cuenta al ver una de las tiendas que vendía juguetes y que tenía en su eslogan la imagen de un mimo algo tétrico. Pude sentir lo que sentía cuando niño. Como sea, el cine Curaçao seguía igual. Las mismas letras de neón, las mismas escaleras cubiertas con goma negra ya desgastada por los años, los mismos muros laterales con la pintura blanca descascarada que dejaba ver una pared de baldosas de estilo antiguo. Todo igual. Bajé. Bajé y por un momento dudé en entrar. Entré finalmente.
Ya adentro, pude observar vagamente que el cine era tal como me lo imaginaba. Las butacas viejas eran de cuero y estaban tan raídas como la goma de las escaleras. Me senté y me dí cuenta de que había pisado un chicle verde. Menta. Como sea. Estaba viejo el chicle y por ende estaba muy duro y no se me pegó tanto a la zapatilla. Tomé un envoltorio de chocolate que tenía en el bolsillo del chaleco y me saqué el chicle. Habían pocas personas dentro. No las pude ver bien porque sólo distinguí cabezas entre la oscuridad. Luego comenzó la película y era bastante mala. Era incluso un tanto graciosa. Plata malgastada. La ví, me reí un rato y casi olvido el olor a humedad que tenía la sala.
Aunque luego de la película me reí un rato, al salir del cine me sentí terriblemente mal. Fui a un basurero y vomité. Fue una postal bastante mala. Pasaron unas monjas y me miraron con cara de sociedad: estos niños de hoy en día, se embriagan sin parar y son tan apáticos y bla, bla, bla.
Sinceramente no me considero apático. Y no sé si las monjas habrán dicho eso. Ni siquiera sé si saben lo que es apatía. Pero me miraron y me dijeron eso. Lo sentí. Pero no había tomado ni una gota de alcohol. Pero me sentía mal. No me dolía el estómago. Pero estaba mareado y con ganas de seguir vomitando. Cuando se me pasó el malestar, me pregunté qué pasaba. No supe qué era. Me senté en una banca a pensar. Por un segundo me acordé de la Tania. Me gustaba la Tania. Me gustaba mirarle las pestañas mientras hablaba y hablaba esto y aquello. Y creí que nunca habría de fijarse en mí, que me habría mirado salir del cine Curaçao y me hubiera visto igual que las monjas, igual que el mimo. Y me hubiera dicho algo como que era un imbécil y un patético. Después se hubiera ido. Y el Daniel no estaba. Y yo quería llorar. Y toda la situación es tan idiota porque no hice nada malo, sólo algo tonto. Pero pensé en que yo no estaba bien, que mi aburrimiento era culpa mía, que debía estar dando entrevistas diciendo lo bien que lo pasé comiendo empanadas, o celebrando con mis familiares.
Me dio pena el cuadro en sí. Me di cuenta de que no tenía cigarros, pero si tenía chicle. Qué bueno que no era de menta, porque quizás me hubiera puesto a vomitar de nuevo pensando en el olor y el contexto de mi persona adentro de ese cine de mierda y en el chicle duro que pisé.
Seguí caminando. Ya no tenía los ojos vidriosos ni ganas de vomitar. Me paré y me fui.
La Tania no me quiso acompañar. Ahora sé por qué. Pero no pensaré en eso y seguiré caminando por el bulevar que a estas alturas está lleno de sueños rotos y las tiendas siguen cerradas.
Me compré un néctar en el kiosko de un anciano de aspecto cansado y cascarrabias. Ya se acabó el sabor del chicle y lo boto en un canastito de basura al lado del kiosko del viejo.
Seguí caminando y cada vez más se me iban desdibujando las imágenes en la mente. Y de pronto ya no había Tania ni Daniel ni papá ni mamá ni peluquerías ni cines porno ni bulevares ni pasadizos ni accidentes de fin de semana largo. Sólo estaba yo, caminando solo por la calle, bebiendo néctar entre las calles vacías que ya también se empezaban a desdibujar.
No quiero volver a pasar por ahí de nuevo. No siento nada por haber ido al cine, pero no quiero volver a tener esa opresión en el pecho que me haga pensar en la Tania, cuya cara ya no recuerdo tampoco.
No más mimos. No más Curaçao.
No hay comentarios:
Publicar un comentario